Era domingo. Alrededor de las 3 de la mañana, Herman recordó que tenía las sábilas en su camioneta. Abrió la puerta trasera para darse cuenta que la maceta de plástico se había volteado completamente cubriendo toda la cajuela de tierra y dejando a las dos sábilas desamparadas. Antonia lo veía desde la escalera. Estaba sentada y medio dormida pero tenía fuerzas suficientes para cuestionarse como alguien podía tener ánimos para entregar plantas a esa hora.
Herman volteo a verla e hizo un gesto que Antonia tomo por: no hay remedio. Lo vio hacer muchos movimientos con medio cuerpo dentro de la cajuela y finalmente saco la maceta con las dos sábilas atolondradas, la levantó un poco como para mostrársela a Antonia y articuló, “ya no sirven” y encogió los hombros. Dejó la maceta en la banqueta enfrente de la casa de Antonia. Se sonrieron y se despidieron con las manos.
Es como cine mudo, pensó Antonia mientras se levantaba. Recogería las sábilas en la mañana y vería que hacer con ellas.
En la mañana del lunes, Antonia vio que las sábilas ya estaban dentro de la casa en un escalón a un lado de la pata de elefante. Sintió que talvez las había decepcionado.
En la mañana del martes, Antonia salió de la casa y se encontró con Luna, en bata y con cara hinchada. Ésta le dijo, “esta bien raro, ayer, nos regalaron unas sábilas, me las encontré en la banqueta en una maceta, no se quién las dejaría,” siguió, “luego en la noche, nos dejaron una canica negra en la cochera…”
“…y hoy,” con ojos grandes y un dedo, apuntó hacia el piso. Antonia agachó la cabeza para ver una canica blanca. “No se si recogerla, la negra la aventé a la calle y despues con lo de las sábilas…todo esta bien bien raro.” Luna fijó su atención en el objeto de su confusión mientras Antonia pensaba en los niños del vecino que habían estado corriendo por la banqueta la noche anterior. No le dijo nada
La canica blanca permaneció en el piso, su blancura la salvó del destino de su oscura contraparte.
“Bueno, pero las sábilas no son algo malo, ¿o si?” le preguntó Antonia para asegurarse.
“No, al contrario, son de buen augurio,” contestó Luna.
Antonia sonrió y pensó que debería regalar sábilas a más gente.